Visitante, bienvenido seáis. Ante vuestros ojos se alza Bokerovania, recortada contra las eternas nubes y enfrentada a un mar que no conoce la calma.
Recorred sus calles y avenidas, sus edificios, sentid el frío que guarda tras su muro helado y el calor que se esconde en algún que otro lugar.
Dejad vuestra huella en la nieve grisácea que cubre el empedrado, vuestras manos marcadas en la escarcha de los cristales, dejad marca en esta ciudad.
Pero recordadlo, sois visitante, Bokerovania se puede observar, incluso sentir, pero no podéis permanecer aquí. Sólo hay un habitante en Bokerovania, y jamás habrá más de uno.

Y sobre todo, entrad sin miedo, a pesar de lo que podáis ver...

lunes, mayo 30, 2005

Ya lo descubrí

No encuentro a quien busco porque quien busco no existe y si existiera no me prestaría atención.

jueves, mayo 26, 2005

Esto es Bokerovania

Cruza la muralla derruida, y atraviesa las empedradas calles de Bokerovania. Será Invierno, porque aquí siempre es Invierno, y el vaho saldrá de tu boca para unirse a las volutas de humo azulado que emergen de las alcantarillas como exhalaciones de los demonios del frío. Recorre las avenidas iluminadas por la débil luz de las retorcidas lámparas de hierro colado con cabellos de gas y llamas, observando las sombras de ojos brillantes que se mueven fugaces y peligrosas a tu alrededor.
No te acerques a los callejones oscuros, pues quizás encuentres alguna pesadilla, una depravación, una degeneración de la mente humana o el enorme, seboso y repugnante insecto que es el Miedo. Aunque quizás quieras encontrarlos, y te adentres por la Avenida Carmesí, donde más afilados son los filos que reflejan la Luna. Locales de crueldad y dolor, perversión del placer. Ríos de excrementos y sangre fluyendo lentos y espesos hacia las bocas de alcantarilla que de semejante néctar se alimentan.
O a lo mejor tienes suerte, y encuentras un remanso de calor en aquella ciudad bajo la tiranía del hielo interior. Estarás en la Avenida Ambarina, donde se venden sonrisas cazadas y aromas robados de contrabando; donde el incienso se quema con paciente belleza tras cristales multicolores; allí donde vive el Cuentacuentos con su capa de plumas, el mercenario del lápiz siempre tras la inspiración, el buscador de miradas que aún no ha encontrado ninguna. Allí donde se aloja todo aquello que brilla en sepia, el sabor añejo de las fotografías pasadas, los instrumentos de navegación que fueron dorados y aquello que la gente desprecia por ser pequeño e insignificante.
No te alarme encontrar piedras talladas con formas inquietantes, o manchas de sacrificios. Antaño la Ciudad se alzaba donde ahora está Bokerovania, y su terrible recuerdo permanece escondido tan sólo bajo la arena de la playa.
Pero lo más probable es que te pierdas en el laberinto de Calles Grises, cada una igual que la anterior, cubiertas todas de escarcha y bajo una telaraña de niebla. A tu alrededor podrás ver bares donde músicos fracasados cantan a un amor cínico que en realidad a nadie le importa, bajo el humo del tabaco y entre miradas furtivas.
Lo que no encontrarás jamás es la presencia de ningún ser humano, ¿o acaso pensabas que podían ser personas lo que te espiaban desde un refugio de tinieblas, en lugar de sombras; o creías en serio que el Cuentacuentos y el Cazador de Sonrisas pueden vivir fuera de la imaginación? No, nadie encontrarás en Bokerovania, pues es la ciudad vacía, tan solitaria que ni la misma Soledad se digna en pisarla.
Al final llegarás a la Torre del Reloj, centro de la ciudad, donde habita su morador: el Sol Gris, el Siervo de la Oscuridad, el Amante de la Tristeza, el Alquimista Negro. Cuentan las leyendas que en su interior hay un rubí que brilla como el sol. Pero cuando te acerques a la Torre, descubrirás que no podrás entrar. Las puertas de la Torre están congeladas, y tan espeso y afilado es el muro de hielo que las rodea que ni la más ardiente hoguera permanecerá encendida en su presencia.
Y si alzas la vista, puede que, entre las gárgolas grotescas y las púas de acero de la Torre, al lado del reloj de esfera quebrada, recortado contra la luz de la Luna, lo veas a él. Pero el Alquimista Negro no te verá, porque seguirá oteando el horizonte, esperando a aquella que podrá derretir al fin las puertas de la Torre, su Piedra Filosofal.
Hasta que llegue ese momento, bienvenido o bienvenida, seas lo que seas, a esta escarchada villa de tinieblas.

viernes, mayo 13, 2005

Tratamiento de heridas del alma

El tema que no nos enseñaron en la facultad

La etiología de las heridas del alma es muy diversa: cualquier agente lesivo anímico puede causarlas en mayor o menor medida, y depende mucho de la ideosincracia del paciente. Pero podemos afirmar que el desamor y la traición son las causas más frecuentes.

La herida del alma será tratada como una herida especial, y como tal no debe suturarse, pues es lugar de asiento de gérmenes de odio, obsesión o apatía.

En lugar de ello, es preciso tratar con comprensión vía tópica o intravenosa mientras el tejido de granulación de la superación asciende. La duración de este proceso es variable de un sujeto a otro, pero sin duda se reduce con el tratamiento.

Es necesario conocer que las heridas del alma pueden muy fácilmente sangrar lágrimas de segunda, tercera, cuarta intención o incluso más. Pero no debe intentarse detener el sangrado, sino colocar un hombro de drenaje hasta que cese espontáneamente.

Por último, son heridas que a menudo finalizan como cicatrices hipertróficas de desconfianza y recelo, que sólo pueden repararse con cirugía emocional mayor. Además, tienden a volver a abrirse ante un segudo contacto con el agente lesivo.

domingo, mayo 08, 2005

La Piedra Filosofal

La Piedra Filosofal no es mineral. No es una roca extraña, un metal precioso, un trozo de piedra irisado o un rubí en bruto. La Piedra Filosofal no es una sustancia, no es líquido, ni alcohol, ni gas.

Para fabricar la Piedra Filosofal hace falta sublimar carparrosa azul con la fuerza de una noche de tormenta, y mezclarla con miel y mermelada de fresa. Hay que conseguir destilar un rayo del amanecer, y añadir unas gotas a la fórmula antes de dejarla reposar.
También hay que añadirle polvo de compasión, aceite de amabilidad y un juego completo de perlas blancas.
Por último hay que añadir limadura de mármol rosa.

La Piedra Filosofal no es un objeto, es una persona, es una mujer. Lo sé, la he visto, la he conocido. He cazado su sonrisa, he buscado su mirada sin encontrarla, he robado su aroma y todavía intento volverlo a robar.

La Piedra Filosofal no transforma el plomo en oro, pero a su alrededor todo parece dorado y más valioso. Da la importancia que se merece a aquello que no parece tenerla. Hace de las cosas más tenues algo más valioso que el oro.
La Piedra Filosofal no da la vida eterna, pero verla hace que la ames tanto, que tu amor te conduce a una eternidad más bella y duradera que la melancólica no-vida del vampiro.

Yo vi a la Piedra Filosofal, desgraciadamente sólo estaba en mi mente. Pero áun hoy sigo buscándola sin reposo.

La gente piensa que los Alqumistas buscamos la Piedra Filosofal por el oro y la vida eterna. Se equivocan. La buscamos porque la hemos visto en sueños y desde entonces la amamos.

martes, abril 26, 2005

De un náufrago a otra

He visto tu cara antes. Muchas veces, siempre en situaciones parecidas, siempre en el mismo lugar. Nos hemos cruzado, como se cruzan cientos de extraños que, al ser siempre los mismos, acaban encontrando familiares los rostros ajenos a su vida. Me he fijado en ti, la verdad, quizás porque también tú te convertiste en una desconocida familiar para mí; quizás porque te pareces a alguien que conocí; quizás por pura casualidad. No lo sé yo.
Y hoy, una vez más, te vi. Pero no nos cruzamos, simplemente estábamos en el mismo lugar. Solo que tú y yo estábamos a un paso eterno de distancia, que medía cientos de años luz. Ambos en planetas solitarios y yermos, única vida inteligente de pequeños satélites en constelaciones no descubiertas. Náufragos estelares perdidos en islas que no aparecen en ningún mapa. Encerrados tras muros de sólida timidez que nadie excepto nosotros hemos puesto ahí.
Te he mirado un par de veces, lo suficiente para descubrir que tú también estabas paradójicamente sola, rodeados ambos de gente.No te conozco en realidad, ni tu nombre conozco, y dudo que lleguemos a conocernos nunca. Seremos eternos extraños, aunque por mi parte ya eres una más de entre los desconocidos habituales que veo a diario. Pero al menos, en aquel momento, cada uno en su isla, fuimos de algún modo iguales. Y solo por eso, aún sabiendo que leyendo esto no sabrás realmente si se refiere a ti, si lo escribí yo, te digo lo que la distancia imaginaria no me permitió en aquel momento: “Hola”.

jueves, febrero 24, 2005

Estaciones

Nací al frío, y frío soy. No me importa que el viento helado acaricie mi piel pues un bosque de hielo desgarra mis entrañas. Yo soy el Frío del Invierno, que viaja en la gris luz del sol apagado y los atardeceres tempranos. La melancolía, lo llaman, ese sentimiento de fría humedad que se cuela entre las articulaciones del cuerpo y la mente hasta inundar toda el alma con su laxitud y su quieto llorar interior. Es el sentimiento del Invierno solitario, de las habitaciones vacías y las luces apagadas, donde puñales de escarcha atraviesan las costillas. Es en Invierno cuando soy quien soy: la Melancolía, el Frío, El Que Espera en falsa calma, con toda la paciencia de la nevada constante, y la seguridad del hielo polar de saber que no deberá pelear por extinguir la pequeña llama de esperanza, que su sola presencia hace que merme, poco a poco, hasta que tan sólo queda Oscuridad. Soy un siervo de la Oscuridad.

lunes, diciembre 06, 2004

Lo que pasa en mi mente

En la mente de cada persona hay una montaña, enorme, una cumbre de pensamientos. Emerge, más allá de las nubes, tan alto que la luz se hace insoportable en su cima. Las nubes de lo que vemos se arremolinan a su alrededor, mezclándose con las perpetuas nubes de lo más alto. En varios puntos, la montaña deja un hueco lo suficientemente ancho como para vivir, más cercano o más lejano de la cumbre, un pequeño templo, que cada uno elige.
La base de la montaña se hunde en la profunda ciénaga de oscuridad que es la locura, tan insondable y densa como un mar de brea o de negra y sólida piedra. Allí se retuercen los pensamientos más oscuros, los que lanzamos ladera abajo, o caen por el peso de su propia perversión, y se hunden lentamente, hasta quedar ocultos para nosotros.
Yo solía habitar en una pequeña cornisa, casi al pie de la montaña, donde aún hay suficiente calor como para que crezca vegetación. El verde de las hojas, los colores de los frutos, los aromas de las flores me acompañaban. Contemplaba la cima, sabiendo que algún día alguien me obligaría a subir, a lo más alto de la Cordura, la estéril realidad, pero disfrutando los instantes en la cálida ladera. A poca distancia, además, estaba la superficie de mi propia locura. Y de vez en cuando tiraba cubos de metal para extraer algunos de los terribles pensamientos, y usarlos. Ah, me agradaba tanto pescar en mi oscura locura cosas terribles que asustaban a los demás.
Pero algo ocurrió, y cada segundo la cornisa se estrecha. No tengo escapatoria ya, y pocos metros de cornisa quedan para mí. Minuto a minuto, me acerco al borde del abismo, y no puedo pararlo, y creo que tampoco quiero pararlo. Y llegará un momento en el que esté justo en el borde, y pueda ver mi imagen reflejada contra el negro alquitrán. Entonces cometeré la mayor locura de todas, tan desesperada que un salto al vacío se consideraría seguro.
Podría fallar, y entonces caería sin remedio en ese negro pozo, pero ya no me importaría, pues si fallo, tanto me daría morir.
Y podría conseguirlo, y alcanzar lo que más deseo en este Mundo, y entonces despertaré, porque conseguir eso no puede ocurrir fuera de las Tierras de Morfeo. Pero al menos habrá sido un bello sueño.

miércoles, diciembre 01, 2004

Cuando se lava el cielo

Hoy ha llovido, en toda España, creo, menos en Canarias. Bueno, en Canarias sí, pero allí lo que llovieron fueron plagas bíblicas, no lágrimas de ángel.

Aquí, en Bokerovania, la lluvia se descargó con especial ímpetu. Llenó los caminos oscuros, convirtiéndolos en fugaces pantanos, impidiendo a las moles de acero y gasolina recorrer los senderos que una vez atravesaron la Ciudad. Una cortina de gotas nublaba la vista, impidiendo ver absolutamente nada.

Pero entonces paró de llover. Y el Cielo, limpio al fin, decidió, no sé por qué, disponer su mejor cara a sus fieles, a aquellos que seguimos mirando las nubes. Esperando ¿quizás? ver el rostro de los que se fueron y no volverán, o del sabio Creador, o saber lo que ocurre en tierras lejanas, o simplemente disfrutar con el espectáculo. Y así fue esta mañana.

Las gigantescas nubes grises se alejaban, lentas y pesadas, como enormes cúpulas de catedrales celestiales. Pero en los bordes, bruscamente, el gris daba paso al blanco, y el blanco, al dorado del Sol. La piedra, trasmutada en algodón, que se deshilachaba contra el azul del cielo, un azul tan pálido y brillante. Así debería ser el alma de los diamantes, de ese azul.

Y como todos sus fieles, al mirar la tenue arquitectura de vapor, recé la única plegaria que conocen las nubes: sonreí.

jueves, noviembre 18, 2004

Mi profesión

Yo soy Cuentacuentos, soy Dibujante y seré Médico.

Seré Médico, porque la Enfermedad se ha convertido en mi enemigo. Demasiada gente sufre por su tiranía como para que mi conciencia permanezca tranquila. Quizás mi bisturí no sea tan poderoso como una espada mágica, pero sí que lo es. Quizás los fármacos no tengan los poderes de las pociones alquímicas, pero sí que lo tienen. Quizás mi bata no sea una armadura de relucientes runas. Pero eso da igual, porque son más dañinas mis armas contra el enemigo común que cualquiera de las que pudieran forjar los sabios enanos o los inmortales elfos.

Soy Dibujante, porque mis ojos beben almas a través de las lentes, las beben del Mundo, y luego las mezclan en mi cabeza. Y de algún modo deben salir las almas, y lo hacen mezcladas por mi Imaginación juguetona. Porque la Curiosidad, desde su escondrijo tras la pupila, me llama a verlo todo, y cuando uno lo ve todo, debe dibujar aunque sea una parte.
Aunque también soy Dibujante porque soy Cuentacuentos, y algunos cuentos, deben ser contados con dibujos.

Soy Cuentacuentos, porque hace mucho tiempo hice un trato con el Viento: él me cuenta los cuentos que lleva en sus brazos de aire, y a cambio yo he de contarlos.
Aunque tambié soy Cuentacuentos porque soy Dibujante, y a veces dibujo con palabras.

Soy Cuentacuentos, soy Dibujante, seré Médico. Y me gusta cómo soy.

lunes, noviembre 15, 2004

Asesinos de Tristeza

Nacimos todos en este Mundo, que no es el mejor, ni el peor de entre los miles que podrían habernos tocado en suerte. Pronto aprendemos las reglas nunca escritas que lo rigen por encima de todo, hoy quiero hablar de una de las reglas más importantes hoy día: "la Tristeza es mala".

Comparada con una cruel miasma de hielo que flota cercana a las desgracias, o como un silencioso cáncer que dispone sus nevados tentáculos en aquellos que son débiles, la Tristeza se ha convertido en enemiga nuestra, en algo que hay que evitar a toda costa, en un emisario del dolor cardiaco, del sufrimiento anímico. Aborrecida, maltratada, sólo aceptada por aquellos que no tienen armas contra ella, siempre, eso sí, colocando una máscara de resignación entre la Pena y ellos mismos.

La Tristeza, entonces, sólo le queda vagar por el otoño, y saludar al invierno, mientras espera a los adolescentes, ah, los adolescentes, porque son los únicos que ya puede amar. Antes amaba hombres, mujeres, jóvenes y ancianos, todo por igual. Pero llegaron los asesinos, los llamados médicos, e inventaron los venenos para la Tristeza. Prozac, dicen algunos, nuevo monolito de cartón para los simios humanos. Y como él cientos de sustancias que purgan toda la Tristeza de las venas.

Pero hay algo que nadie antes había intentado, nadie miró la cara de la Tristeza. Me refiero de la Tristeza, no de personas tristes. Y es el rostro más bello jamás cincelado con lágrimas. Y ese talle de ninfa, y esa piel de mármol, y esos ojos de frío, y esa voz quebrada. Ah, la Tristeza, tan bella que corta la respiración. Pero nadie la mira, nadie le oye, nadie huele su aroma a Octubre ni saborea sus lágrimas saladas. Todos la sienten, pero nadie se digna a mirarla.

"Cuando usamos antidepresivos, matamos la belleza que pudiera contener la Tristeza", intento decir a mis compañeros, pero ellos no me comprenden, ellos "saben" que la Tristeza es malvada y cruel, aunque nunca le vieron el rostro, sólo notaron su caricia.

Con esto no digo que a veces ella se enamore de un mortal, y se vuelva enfermiza en su necesidad por él, aplastándole con abrazos no deseados. En esos casos, y sufriendo en mi interior un profundo remordimiento, indicaré la pastillita que permita respirar al sufrido mortal, a pesar de dañar tanto a la bella Tristeza.

Pero lo que tampoco es aceptable es la necesidad de que todo el mundo sea feliz, que todos vuelvan la espalda a su Tristeza frente al sol de la Alegría, pues a veces este sol es efímero, y más malvado y traicionero que la luna de la Pena.

Y mientras pensáis (o no) acerca de estas palabras, yo seguiré admirando a la Tristeza, cuando se digne a acariciarme, para acompañar su llanto todo el tiempo que ella quiera. Y por favor, nunca jamás me deis Prozac.

domingo, noviembre 14, 2004

El Retrato.

Retratar a una persona es la labor más difícil del dibujante, y la más peligrosa también. Cuando un dibujante decide retratar a alguien, esa persona deberá sentirse halagada y asustada a un tiempo. Porque cada segundo que pase el dibujante delante suya, con el bloc en una mano y el lápiz en la otra, la goma en la boca y los ojos entrecerrados; el dibujante estará bebiendo el alma, la expresión, la felicidad del objeto de su dibujo. No copia la realidad, roba la realidad. Y cuando está alojada en su interior, a base de golpes de lápiz obliga ese alma a encerrarse en el papel. Y ya es suya para siempre, aunque el dibujo acabe en otras manos, aunque el dibujo se pierda, el dibujante para siempre tendrá ese alma que robó. Y ese alma, lo tiene a él.

La Legión del Espacio
La Legión del Espacio