domingo, noviembre 27, 2011
NO TOCAR
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Vlad_Temper
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domingo, noviembre 27, 2011
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lágrimas secas
miércoles, septiembre 22, 2010
La Sopa de Sapos
Han sido duros meses de trabajo, mucho tiempo, muchas decisiones por detrás y, sobre todo, una gran labor por parte de nuestro antologista, que cual ojeador deportivo nos ha buscado en los confines de las Tierras de la Literatura Fantástica Española para reunirnos.Finalmente, en pocos días saldrá publicada “La Sopa de Sapos”.
¿Y qué co*#es es la Sopa de Sapos?
En la Sopa de Sapos, siete extraños se han reunido para cocinar un experimento con pocos precedentes (a mí no se me ocurre ninguno). Una antología de relatos de terror en un universo común construido a través de dichos relatos y de una serie de reglas aportadas de forma libre, una por autor.Estos siete relatos concentran en sí una faceta distinta del mismo universo, como un polígono imposible que hubiera mostrado un rostro distinto a cada uno de los autores. Pero a la vez los han unido, urdiendo tramas comunes, dirigiendo sus personajes al mismo lugar, visitando lugares similares, nunca iguales.
Y DH Ediciones lo va a poner a la venta este mes de octubre. Os dejo un enlace a la página de esta nueva editorial para que le echéis un vistazo. www.dhediciones.com/ Ah, por cierto, se me olvidaba. Aunque creo que eso es evidente para todos ^^U.Yo estoy entre esos siete autores.¿Querréis una cucharadita de sopa, sí?
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Vlad_Temper
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miércoles, septiembre 22, 2010
2
lágrimas secas
domingo, mayo 24, 2009
Calabazas en el Trastero: Entierros

Grandísima antología (excepto por el relato de cierto indeseable) cuyo comentario puede leerse en "Amargo Café", y cuya compra merece la pena ;).
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Vlad_Temper
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domingo, mayo 24, 2009
1 lágrimas secas
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sábado, diciembre 27, 2008
TEMARIO OFICIAL DE VAMPIROLOGÍA GENERAL
813 – VAMPIROLOGÍA GENERAL
Departamento: Necrología y Resurrección.
Créditos: 5’1 Optativa
OBJETIVOS
El objetivo principal de la Vampirología General es presentar unas bases teóricas y prácticas para las actividades del vampiro. Se centra en los temas principales para la supervivencia, siendo la mayor parte de la carga lectiva la hematofagia y sus disciplinas periféricas. Además se establecen unas pautas avanzadas a desarrollar en asignaturas más específicas.
CONTENIDO
TEMA 1: Anatomía arteriovenosa. Desmitificando la yugular. Ventajas de la muñeca sobre el cuello. Vías accesorias.
TEMA 2: Técnicas de venopunción y arteriopunción. Mejor ángulo de incidencia de mordedura. Métodos más efectivos para un flujo sanguíneo importante.
TEMA 3: Microgeografía. Las sombras como aliadas. Las ventajas de la arquitectura urbana.
TEMA 4: El acecho. La importancia del sigilo.
TEMA 5: La seducción como arma. Mejores lugares de caza.
TEMA 6: Psicología humana básica. Explotando los deseos de la víctima.
TEMA 7: Derecho penal y civil. Medicina forense básica. ¿Qué hacer con el cuerpo?
TEMA 8: Familiares y amigos. Cómo no levantar sospechas.
TEMA 9: Técnicas depuradas. El "Sorbo" como arte. Locales góticos como punto de encuentro de víctimas sencillas. La locura como venganza o diversión.
TEMA 10: Consejos prácticos de la interacción con mortales. El porqué no encariñarse con humanos.
TEMA 11: Siervos. Origen histórico. Utilidad. Funciones. Métodos de pleitesía.
TEMA 12: Cazavampiros. Métodos para el diagnóstico. Síntomas de alarma. Mejores estrategias para evitarlos. Autodefensa. La Seducción como autodefensa.
TEMA 13: El Abrazo, contexto histórico y definiciones. La selección del futuro vampiro. Características a evitar. El Abrazo accidental: cómo prevenirlo, diagnosticarlo de forma precoz y tratarlo. Demografía vampírica básica. Técnicas básicas del Abrazo. Técnicas avanzadas: cómo otorgar poderes particulares.
BIBLIOGRAFÍA
Abdul Al-Hazred. Al-Azif. 969
Bram Stoker. Drácula. Espasa 2008
METODOLOGÍA DOCENTE
Clases teóricas (2’6 créditos): Consistentes en Clases Magistrales, con apoyo de material audiovisual.
Clases prácticas (2’5 créditos): Consistentes en:
Seminarios prácticos (0’5 créditos)
Estudio de casos clínicos (0’5 créditos)
Actividades guiadas por tutor (1’5 créditos)
PROFESORADO
Dr. Vlad Temper (2 créditos teóricos, 1’5 créditos prácticos)
Dra. Erzhebeth Báthoty (0’6 créditos teóricos, 0’5 créditos prácticos)
Dr. Alucard (0’5 créditos prácticos)
EVALUACION
La evaluación sera del tipo individual sumativo y constará de tres partes.
La primera consistirá en una prueba selectiva escrita en la que se evaluará el conocimiento teórico de la asignatura, constituida por:
Treinta (30) preguntas de cinco (5) respuestas múltiples, con tan solo una (1) respuesta correcta, en la que cada respuesta acertada se valorará con un (1) punto, las respuestas no contestadas se valorarán con cero (0) puntos y las respuestas falladas se valorarán con menos cero coma tres (-0’3) puntos. Es imprescindible obtener veinte (20) puntos o más para superarla.
Cinco (5) preguntas de desarrollo de extensión limitada (máximo diez (10) líneas), en las que cada respuesta acertada permite obtener un total de cinco (5) puntos, siendo la nota máxima a alcanzar veinticinco (25) puntos. Es imprescindible obtener diecisiete (17) o más puntos para superarla.
Dos (2) preguntas de desarrollo de extensión ilimitada, a escoger una de entre las dos. La nota máxima a alcanzar es de treinta (30) puntos. Es imprescindible obtener veinte (20) o más puntos para superarla.
En total la primera parte posee una puntuación máxima de 85 puntos. Para superar la primera parte es imprescindible superar cada uno de sus apartados por separado, y obtener una suma de sesenta (60) o más puntos globales.
La segunda consistirá en una prueba selectiva escrita en la que se evaluará el conocimiento práctico de la asignatura, constituida por:
Cinco (5) preguntas de tipo “Caso Clínico” con apoyo audiovisual, de cinco (5) respuestas múltiples con una (1) respuesta correcta, en la que cada respuesta acertada se valorará con dos (2) puntos, las respuestas no contestadas se valorarán con cero (0) puntos y las respuestas falladas se valorarán con menos cero coma tres (-0’3) puntos. Es imprescindible obtener tres (3) puntos o más para superarla.
La tercera consistirá en una prueba selectiva práctica, en la que se evaluarán las capacidades técnicas del alumno por un tutor personalizado, que valorará en un ejercicio simulado de hematofagia:
a) La técnica usada.
b) La pulcritud.
c) La velocidad.
d) Los conocimientos teóricos aplicados, que se evaluarán con preguntas directas orales.
En total posee una puntuación máxima de 10 puntos. Para superarla es imprescindible obtener siete (7) puntos o más.
Para superar la asignatura es imprescindible superar cada una de las tres partes que la componen. La evaluación final se calificará de la siguiente manera:
SUSPENSO: Si alguna de las partes no ha sido superada. Las partes superadas no tendrán que superarse en las posteriores convocatorias, a excepción de la primera parte (prueba selectiva escrita teórica).
APROBADO: Si se han superado las tres partes. De setenta (70) a setenta y nueve (79) puntos (ambos incluidos).
NOTABLE: Si se ha obtenido una puntuación de ochenta (80) a ochenta y nueve (89) puntos (ambos incluidos).
SOBRESALIENTE: Si se ha obtenido una puntuación de noventa (90) a cien (100) puntos (ambos incluidos).
MATRÍCULA DE HONOR: Se otorgarán una (1) MATRÍCULA DE HONOR por cada veinte (20) alumnos matriculados en la asignatura. Se seleccionarán los alumnos que hayan obtenidos puntuaciones iguales o superiores a noventa y cinco (95) puntos.
SUPUESTO UNO: De no alcanzar el suficiente número de alumnos los criterios necesarios para obtener MATRÍCULA DE HONOR, quedarán desiertas; siendo una excepción el caso en el que ningún alumno alcance los requisitos, será entregada entonces una (1) MATRÍCULA DE HONOR al alumno con la mayor puntuación (de haber más de un alumno con la máxima puntuación, y tan solo en este caso, se entregarían tantas MATRÍCULAS DE HONOR como alumnos; si hubiera más alumnos con la máxima puntuación que MATRÍCULAS DE HONOR, sería superponible al supuesto DOS).
SUPUESTO DOS: De alcanzar un número de alumnos mayor al número de MATRÍCULAS DE HONOR los criterios exigidos, se realizará una prueba exclusiva con dichos alumnos, consistente en el desarrollo de un (1) tema escogido al azar del temario de la asignatura. Se valorará esta prueba con una puntuación del uno (1), peor resultado; a cien (100), mejor resultado; seleccionándose de este modo los mejores resultados para entregar las MATRÍCULAS DE HONOR. De ocurrir un empate técnico durante esta fase, y en el caso exclusivo en el que dicho empate se diera entre el último clasificado y su inmediato consecutivo, se comprarán las puntuaciones obtenidas en los exámenes ordinales, de manera que obtendrá MATRÍCULA DE HONOR aquel que tenga la mayor nota global; de ocurrir un empate, la mayor nota en la prueba selectiva escrita teórica; de ocurrir un empate, la mayor nota en la prueba selectiva práctica; de ocurrir un empate (al constatarse, por tanto, un empate técnico en todas las pruebas), se recurrirá a un examen extraordinario oral, en el que un jurado formado por miembros de departamentos afines, ajenos a esta facultad, valorarán cuál de los dos candidatos merece obtener la MATRÍCULA DE HONOR.
Transilvania, 27 de Diciembre de 2008
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Vlad_Temper
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lágrimas secas
martes, diciembre 09, 2008
Moroaică
– Heinrich von Wlislocki
Sophia notó en su mano la humedad helada de la tierra colándose bajo sus uñas, y mientras empezaba a cavar se levantó un aroma fresco a lluvia recién caída. Las sensaciones eran tan familiares, su recuerdo perduraba aún tan vívido, que todas sus dudas se despejaron y la convicción de estar haciendo lo que debía hacerse la espoleó para cavar con más ahínco. La sensación de déjà vu se apoderó de su mente, y comenzó a entrar en un estado de conciencia alterado, en el que la realidad se superponía al sueño que se había repetido durante las noches de toda su vida, aunque se había resistido a ser recordado en vigilia hasta hacía tres meses.
En el sueño era la Madre, que yacía en el claro del bosque, acunando en sus brazos al Niño. Sentía sequedad en sus ojos, a pesar de la lluvia que caía con insistencia sobre ella, de tanto llorar y gritar; su corazón latía con ardor fatigado, por la larga carrera que notaba en sus piernas temblorosas. Acercaba sus labios agrietados a la frente del Niño, que sabía fría y dura, pues jamás fue imbuida de vida aquella carne cenicienta. Dejaba con cuidado al Niño en el suelo, enterraba sus manos en la tierra húmeda, sintiéndola bajo sus uñas, y cavaba sin descanso.
Jamás había sido consciente del sueño, pues la mañana clemente borraba la pesadilla de su memoria, hasta que una tarde de febrero entró la Condesa a su tienda. Ésta, enclavada en las cercanías de la taberna The Red Cup, cerca de Portobello, vendía aparentemente hierbas medicinales e infusiones, pero en realidad era una tapadera para un negocio más lucrativo. Las altas damas de Londres se acercaban allí, con la excusa de algún remedio para las jaquecas o alguna receta prescrita por homeópatas de dudosa reputación, con otros fines en mente, y usaban contraseñas diversas para hacérselo saber a Sophia, como un gesto con la mano o una mirada significativa, como la que le había lanzado la Condesa. Reconociendo la señal, la hizo pasar a la trastienda, asegurando tener allí el medicamento que necesitaba, para ahuyentar oídos y ojos curiosos y, una vez allí, la sentó ante una mesa de camilla cubierta por telas de vivos colores, bajo una luz rojiza y escasa, y entre vapores e inciensos exóticos. Sacó sus cartas del Tarot, aunque no le eran necesarias, y las colocó en la mesa mientras dejaba que su talento natural sondeara los hilos del futuro cercano para responder a las preguntas de la aristócrata. Que Sophia recordara, siempre había podido saber qué pasaría en los próximos días, qué tiempo iba a hacer, y quién iba a morir, cosa que había sabido ocultar a las religiosas que regentaban el orfanato donde se había criado. Fue entonces cuando ocurrió: la criada de la Condesa cruzó la cortina, mientras Sophia entraba en un trance a medias fingido. Gritó la palabra varias veces, señalándola con un dedo acusador, y salió corriendo.
La Condesa tuvo que disculparse, justificándola con la excusa de que era extranjera, depositó suficientes libras para pagar tres sesiones, y marchó en busca de su extraviada sirvienta. Sophia no se dio cuenta hasta más tarde, sumida en la confusión que aquel grito le había producido, mientras rebotaba una y otra vez en su mente, despertando el sueño en su memoria.
Cuando, horas más tarde, se recuperaba de la impresión, pronunció lentamente la palabra: Moroaică.
En el sueño también había gritos, pero ocurrían antes del claro en el bosque. Los recordaba en un instante impreciso y fugaz como una forma en la niebla. Gritaban a la Madre, la llamaban “puta” y “bastarda”, la acusaban de “pecadora” y “viciosa”, “esposa de demonios” decían algunos. La Madre también gritaba, pero lo que ella gritaba era “por favor” y “dejadme”, y por encima de todo rogaba, “dejadle descansar en tierra santa”. En sus brazos el Niño descansaba inerte, como había nacido. Rostros severos y autoritarios flanqueaban la puerta de un cementerio, impidiendo su paso al camposanto, gritando “puta”, “pecadora”, “bastardo”, “hijo del pecado”. Y la voz más autoritaria gritaba entonces: “Nunca”.
Se sintió avergonzada cuando se presentó ante las puertas de la mansión de la Condesa. Llevaba en las manos un paquete de papel lleno de especias, y a los criados les dijo que le llevaba una medicina a su señora, de parte de Sophia Smith, la herborista. Reconociendo las señas dadas, la Condesa le permitió entrevistarse con ella, llena de una malsana curiosidad propia de su ociosa burguesía.
– ¿Qué asuntos te traen a mi casa, pequeña?
Tras la reticencia inicial, Sophia soltó su lengua empastada por la timidez:
–Buscaba a vuestra criada, la que vino con vos el otro día.
– ¿A esa maleducada? Pues lo siento, niña, pero la despedí –respondió altiva la Condesa. Ante la decepción de Sophia, añadió –: Pero ¿qué querías de ella?
–Era por esa palabra que dijo en mi tienda…
–Ah, sí, ya la interrogué. En su lengua significa bruja o demonio, o algo así. Estúpida moldava supersticiosa…
Sabiendo que se le escapaba la oportunidad de conocer el misterio, Sophia reunió más valor que en toda su vida, y le contó a la Condesa todo lo relativo a su sueño. Cuando hubo terminado, bajó la mirada, sonrojada, mientras la Condesa parecía juzgarla, para finalmente sonreír divertida:
– Creo que puedo ayudarte. Verás, hay una mujer, pobrecilla, está muy enferma. Tiene un trastorno muy grave… –bajó entonces la voz y se acercó confidente a Sophia–Es ninfómana –volvió entonces a su cháchara habitual –: La pobre no conoce ni su nombre, parece ser que sus padres eran extranjeros, de algún pueblo valaco o algo así –hizo aspavientos con la mano, dando a entender lo poco que le importaba. Luego, de nuevo en tono confidencial, le dijo –: Pues resulta que tiene el poder de interpretar los sueños.
– ¿Y dónde se encuentra esa mujer?
–Yo te llevaré hasta ella.
No siempre, pero algunas noches la Madre recordaba al Padre. No su rostro ni su cuerpo, tan sólo sus manos largas de dedos finos y uñas afiladas. Lo recordaba sobre su cuerpo, reclamando para sí el placer de la Madre por derecho de conquista. Esas noches Sophia se levantaba más confusa aún, y es que al temor que le producían los gritos, a la desesperación de la Madre cavando la tumba para el Niño, se unía irremediablemente el deseo que el Padre le producía, llenándola de culpa.
Quien tiene suficiente dinero puede atravesar cualquier puerta, y las puertas de aquel manicomio no eran una excepción. El sueldo exiguo de los cuidadores y enfermeros de aquel antro, contratados más por su corpulencia y fuerza que por su conocimiento o su habilidad en el cuidado de enfermos, les convertía en blanco fácil para sobornos; y una red ilegal, oculta apenas, de visitas con fines más o menos honestos durante las noches sin luna, concedían una propina más que considerable a estos individuos. El que les salió al paso arrastrando a un enorme perro de ladrido estremecedor era un viejo conocido de la Condesa, y no dudó en aceptar las libras entregadas para abrir la puerta, y conducirlas a buen paso hacia la celda escogida. Durante el paseo por los deprimentes y oscuros jardines exteriores, Sophia acarició la cabeza del can antes de que el cuidador pudiera advertirle, recibiendo un lametón afectuoso por parte del perro.
–Tenga cuidado –dijo no muy convencido –, en otras circunstancias le hubiera arrancado la mano. No está domesticado, el director lo prefiere así.
Sophia retiró las carantoñas, no sin sentirse algo confusa por el contraste entre lo acontecido y lo predicho por el brutal enfermero.
Dejó atado al perro con una fuerte cadena y, en cuanto se hubieron marchado, volvió a retomar su impuesta agresividad maníaca, con ladridos ensordecedores, que se escucharon a pesar de entrar en el recinto de grueso ladrillo. El enfermero anduvo a buen paso entre los ecos de los pasillos vacíos, mientras las damas seguían la luz del candil que éste portaba, a través de un laberinto de portezuelas metálicas que el gigante abría con su llave maestra. Dieron con un pasillo alicatado hasta el techo, con varias rejas interpuestas, una pared vacía y la otra llena de puertas en las que tan sólo destacaban los ventanucos. Tuvieron que situarse en fila, apartándose lo más posible las damas de las paredes, donde la humedad y el tiempo habían tejido telarañas de óxido y polvo entre azulejos cascados, y había desprendido fragmentos de porcelana a través de los cuáles antenas fugaces las saludaban. El metal no estaba en mejores condiciones, desportillada la pintura verdosa, y revelando una herrumbre centenaria.
–Es para evitar motines –explicó el enfermero.
– ¿Qué? –preguntó Sophia.
–Los pasillos. Por eso son tan estrechos. Es más fácil contenerlos así.
Se refería a los enfermos, que, aunque muchos dormían, otros permanecían despiertos, arañando de forma insistente las paredes, elevando letanías que, quizás, no tuvieran ningún sentido, o quizás demasiado.
–Está en la sala de visitas, la puse allí cuando me avisó que llegaba, pero dudo que consiga sacarle algo hoy, está en uno de sus días.
–No te preocupes, querido, lo que podamos sacar será bueno –respondió la Condesa.
Al acercarse al final del pasillo, un grito desesperado y un golpe fuerte en una de las puertas provocaron el miedo de la Condesa y la angustia de Sophia. El enfermero se disculpó, abrió la puerta con cuidado, y entró cerrando tras de sí. Las mujeres tan sólo oyeron golpes sordos, que prefirieron no interpretar, y no hicieron preguntas cuando el hombre salió de la sala con los nudillos despellejados.
Finalmente alcanzaron la sala de visitas, una más grande que las demás, donde una reja de gruesos barrotes las separaba de una mujer que se escondía en las esquinas de la celda.
–Las dejo a solas, volveré en media hora, pase lo que pase.
–Vale, querido, hasta ahora.
Quedándose a solas pudieron estudiar mejor a la mujer. Estaba hecha un ovillo, con las manos escondidas entre las piernas, cubierta por una camisola parcheada de sudor y otras manchas menos identificables, y escondía entre los hombros una cabeza pequeña y redonda, de cabellos grisáceos enmarañados y grasientos. La Condesa le llamó la atención y, al volver su cuerpo, descubrieron que sus manos estaban perdidas en su entrepierna. En su rostro ajado y delgado, de un amarillo tísico y cubierto de sudor, tan sólo se reflejaba la ausencia.
–Necesitamos que interpretes un sueño –dijo la condesa.
No pareció escucharla, pero cuando intentó repetir la frase, un llanto estridente nació de su garganta e, in crescendo, se volvió un grito desesperado, mientras se lanzaba a rodar al suelo, con las manos sujetas por las rodillas, y la cabeza golpeando la pared rítmicamente.
– ¿Por qué? –sollozó.
–No creo que sea esto buena idea –dijo Sophia.
–Oh, no te preocupes, a veces está así. Tú pregúntale.
–Quiero que vuelva –continuaba llorando, ajena a la conversación al otro lado de la reja.
Sophia se aproximó a ella, con la intención de preguntarle el significado del sueño, pero la enferma se alzó de repente a cuatro patas, y de esa guisa se dirigió a una de las paredes, donde se apoyó de espaldas y comenzó a ascender.
–Quiero que vuelva… quiero que vuelva… –repetía.
– ¿Quién? –no pudo evitar preguntar Sophia.
–Entró en mi cuarto en la seguridad de la noche, y se llevó mi virtud con su lengua negra.
Se acercó a las rejas, mientras seguía susurrando.
–Sus manos de hielo desvirgaron mis pechos –se llevó las manos a los senos, acariciándolos –, mi cuello –su mano derecha se apretó en su garganta –, toda yo –la izquierda bajó por la curva del vientre, y fue una garra en la ingle –. Me hizo suya durante treinta noches, desde una luna llena hasta otra.
Tomó las rejas con ambas manos, revoloteando los párpados caídos y relamiéndose la lengua inquieta.
–Sentí su sangre manar por mis labios, y sentí la mía siendo arrebatada de mi cuerpo.
Caía su voz en un agudo desesperado, casi un chillido de roedor. Ladeó la cabeza, frotándola contra el frío metal, dejando rastros de óxido en su frente sudorosa.
– ¡Me hizo mujer treinta veces cada noche durante una luna entera! –rugió de improviso, lanzando aspavientos con las manos, alejándose de nuevo.
–Será mejor que nos vayamos –sugirió la condesa.
–Nueve meses… –continuaba susurrando la mujer, arrodillada ahora en mitad de su celda, allí donde la luz de la luna dibujaba un charco seco y espectral–, nueve meses pasaron después de la última luna llena, y su semilla crecía en mí, crecía en mí. Y yo quería más, quería más noches con él, quería que volvieran sus manos y su miembro, ¡cuánto añoraba su miembro! Pero nunca volvió.
–Esto es demasiado obsceno para una niña como tú, ¡nos vamos! –aseguró la Condesa, cogiendo la mano de Sophia, que se resistía a irse, hechizada por la historia de aquella mujer sin nombre.
–Y pasaron nueve meses, y no nació hombre o mujer de mi vientre y su semilla, porque no era hombre quien me visitaba, era Nosferat.
Un escalofrío de reconocimiento recorrió la espalda de Sophia, que soltó la mano de la condesa, cogió con fuerza los barrotes, y aproximó su rostro lo más posible al de la mujer postrada para preguntar:
– ¿Qué nació?
La mujer se volvió, aún arrodillada, con una mano rozando insistentemente sus partes pudendas.
–Nunca es suficiente… –se decía a sí misma, con los ojos en blanco y los párpados trémulos –, nunca es suficiente cuando has sido rozada por el Nosferat –jadeaba sin parar.
– ¡Qué nació! –gritó más fuerte aún.
La mujer abrió los ojos, sonrió con tristeza, y mirando en algún lugar más allá de las regiones de los hombres, respondió:
–Moroaică.
Cuando la Madre terminaba de enterrar al Niño, oía los aullidos, y aparecían los lobos. Eran muchos, flacos y enfermizos, desesperados y, por ello, más peligrosos. En sus ojos había sed de sangre, y en sus lenguas colgantes, babas anticipatorias. La Madre no tenía fuerzas ya para resistirse, y sin misericordia ni clemencia caían sobre ella, desgarraban piel, desgarraban sus pechos, sus muslos y su rostro, devoraban su carne y sus entrañas calientes, y la sangre se derramaba sobre la tierra removida. Y hasta que no quedaba el cadáver destrozado en el claro del bosque, no podía Sophia despertar, entre sudores y palpitaciones, de su pesadilla.
Pudo descubrir, días más tarde, el origen aparente de aquella mujer. Aquellos que se suponían sus padres procedían de una aldea situada en los Cárpatos, en una región limítrofe que nadie sabía precisar si pertenecía a Valaquia o Transilvania, pero todos deseaban reclamar para sí. Agradeciendo a la Condesa su ayuda, y vendiendo todo el contenido de su tienda, empaquetó un sencillo macuto con el que se lanzó a un viaje arduo. En aquellos días los imperios turco y ruso se disputaban las tierras de Valaquia y Moldavia, mientras entre los campesinos del pueblo nacía una semilla revolucionaria que amenazaba con levantamientos populares y derramamientos de sangre, y el resto de Europa intentaba imponer paz de despachos y tratados sin demasiado éxito. Siendo tan convulsa la situación, y tan difícil el acceso a los escarpados montes, le costó tiempo y sufrimiento llegar, finalmente, a una villa humilde y pequeña, perdida entre bosques y desfiladeros. No recibió una cálida acogida, mas no la esperaba. Paseó por las calles desiertas, observando las casas de exótica arquitectura, de tejados afilados y picudos, y alcanzó a ver el cementerio. Desde el momento en el que reconoció las piedras de los sepulcros, y tembló esperando escuchar los gritos ya familiares, supo que había acertado, y un instinto primario le condujo al bosque mientras el sol declinaba, arrastrándola irremediablemente hacia el claro de sus pesadillas.
Palparon sus dedos algo duro en su excavación, y al arrancar de la tierra su botín, vio entre sus manos una pálida sonrisa infantil: calavera pequeña y delicada de un cuerpo muerto tiempo atrás. El sueño le asaltó en la vigilia, justo donde siempre había terminado, con la Madre yaciendo en el suelo, muerta y destrozada. Los lobos se habían marchado, y el cuerpo a la intemperie era sacudido por la violencia de la lluvia, que arrastraba consigo la sangre derramada, filtrándose en la tierra, colándose entre las rocas y las raíces, empapando al Niño. Y el Niño abrió los ojos.
Cuando Sophia despertó, le esperaban los lobos, pero aquello no era un sueño. A su alrededor se habían reunido al menos siete bestias de pelajes grises y negros, sucios, cuyos jadeos y pasos inquietos la rodeaban y se aproximaban. De sus bocas entreabiertas surgía un vaho blanquecino con cada vaharada de pútrido aliento, mientras colgaban péndulas las lenguas rosadas, o se contraían relamiendo las fauces hambrientas. Y, sin embargo, no sentía miedo alguno, sino al contrario, una paz que sólo puede darla la crudeza de la realidad. Ahora que sabía, podía, y con voz autoritaria exclamó:
–Idos.
Todos obedecieron, excepto uno. El más grande de todos. Antes oculto por el resto de la manada, ahora Sophia podía comprobar que se trataba de una criatura monstruosa, acaso sabueso del Averno y no de carne y hueso. Su pelo negro y lanudo era azotado por el viento, y sus ojos eran más brillantes que los de cualquier criatura viva. Se alzó sobre dos patas, y ya no fue lobo, sino hombre; su pelo fueron pieles cubriendo su cuerpo; pero sus ojos brillaban de igual modo.
–Mi cráneo en tus manos y mi sangre en tus venas –saludó la criatura.
– ¿Quién eres? –preguntó Sophia, conociendo la respuesta.
–No tengo nombre porque nunca fui bautizado. No tengo familia, pues soy hijo ilegítimo de ilegítimos padres. No fue la leche de mi madre la que me amamantó, sino su sangre; no dormí en cuna fabricada por el hombre, sino en la tierra húmeda entre las raíces de este bosque. Soy el que fue enterrado muerto y resurgió vivo. Las gentes me conocen como Nosferat.
– ¿Eres mi padre? –soltó una lágrima amarga.
–Eres hija de mi semilla impía, sí.
– ¿Qué soy yo? –abrazaba con fuerza la pequeña calavera, como si pudiera darle calor de su pecho con ese gesto.
–Eres Moroaică.
– ¿Y qué significa eso?
–Que la noche es nuestra. Levántate, Moroaică, dame tu mano, y conquistemos la noche.
Sophia se levantó del suelo, dejando caer la calavera al hoyo que sería su reposo eterno. Se aproximó a la figura, y tomó la fría mano de largos dedos que le tendía. Entonces recordó por primera vez cómo se volaba, y el suelo se despegó de sus pies. Al fin se encontraba allí donde debía estar, bajo la protección de la luna argéntea y rodeada por el frío aliento de la noche.
–Pronto los ejércitos del Este, cruces y medias lunas por igual, masacrarán la revolución –dijo Nosferat –. Será hora para alimañas y carroñeros, habrá sangre y carne para todos, será un gran festín.
–Sí –asintió Sophia –, puedo verlo, padre.
Y en busca de tan suculento banquete marcharon los dos.
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Vlad_Temper
en la noche del
martes, diciembre 09, 2008
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lágrimas secas
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martes, septiembre 30, 2008
El Viejo Árbol
Relato ganador de "Círculo de Bardos IV"
El árbol se retorcía negruzco y seco, como si el fuego hubiera lamido su corteza hasta tiznarla de hollín, mas ningún fuego había azotado aquel bosque. En el claro en el que crecía habían decidido retirarse todos los demás vegetales: arbustos, helechos y zarzas ni siquiera se atrevían a enterrar sus raíces en la misma tierra clara y pedregosa en la que el árbol crecía. En el encinar frondoso y verde, era una nota que desafinaba en la melodía, con sus ramas esqueléticas y bajas que apenas se dignaban a moverse ante el soplo del viento. Tanto alteraba la naturaleza del claro, que ni siquiera el cielo parecía del azul intenso del verano sobre su copa, sino más bien se teñía de un sepia sanguinolento que enturbiaba el ánimo y alejaba animales e insectos de allí.
La primera vez que llegué al claro aún era lo bastante joven como para creer en leyendas, y creí ver que era un árbol maldito al que algún demonio malévolo había decidido imbuir de fealdad. En mi mente infantil, antaño era un árbol tan bello que había podido criar en sus raíces a la primera dríade que veía el Mundo desde hacía mucho, desde que el ser humano arrancase el hierro de la tierra y con él fabricase armas que dañasen a las hadas.
Seguía el relato que inventé con el demonio acechando el bosque, porque los demonios son capaces de oler ciertas cosas que los hombres ya hemos olvidado cómo se huelen. El demonio se acercaría al árbol, atraído por su aroma a magia, y siguiendo un instinto primitivo, intentaría arrancarle de sus brazos a la tierna dríade de verdes cabellos. Ocurriría entonces una batalla, que en los árboles vecinos aún podría leerse si alguien cortase sus troncos, y supiera entender el idioma de sus anillos; en esa batalla el árbol lanzaría sus ramas, cargadas de frutos maduros y jugosos, como si de brazos se trataran contra el demonio. Más ágil que el viejo árbol, el demonio esquivaría los ataques, y finalmente alcanzaría a la dríade dormida. Sucumbiendo ante la tentación de tal belleza, el demonio depositaría un beso ardiente en los labios de la dríade, lleno de pecado y vicio, y secuestrándola más tarde lejos , muy lejos. De ese modo, el árbol, viejo y cansado, ante la tristeza de lo perdido, se marchitaría y secaría, hasta quedar convertido en un saco de huesos de madera.
Ante aquel árbol anciano, algunos días después, y con una resolución que tan sólo con ocho años se puede tener, le prometí que recuperaría a su hija. Portaba una rama rota como espada, y a sus pies me arrodillé, creyendo incluso oír su bendición en la lengua de los árboles, que tan sólo se escucha cuando el viento se mueve entre sus ramas.
Durante muchas semanas lo que para otros parecía un juego se había convertido en mi misión más importante: buscaba con ahínco rastros del demonio (y más de una vez los confundí con los que dejaban las cabras), para encontrar su escondrijo y rescatar a la pequeña dríade. Soñaba en devolverla victorioso a su padre, y a cambio, quizás, conseguir un beso de la pequeña criatura. En ese verano pasé largas horas perdidas en aquella búsqueda, hasta que el cansancio y el tedio me hicieron olvidarla.
Años más tarde volví a aquel bosque, ya convertido en un adolescente descreído, que sentía vergüenza de haber intentado buscar una dríade armado con una rama rota y con la esperanza de un beso vegetal. Miré de nuevo, con ojos que se creían adultos, sus ramas secas y negras, y sus raíces retorcidas hundiéndose en una tierra que habían reclamado para ellas, y para nadie más. Sentí el poder de aquel árbol, viejo, seco y retorcido entre encinas frescas, y ante la incomodidad de saberlo más poderoso que yo en aquel tiempo en el que me creía el más poderoso de los hombres, abandoné el claro a todo correr con mi dignidad rota por completo.
El tiempo, que no deja de andar, me condujo a muchos bosques de cemento y acero, y a encontrar amores esporádicos en mujeres humanas, cuando una noche de luna menguante me encontré añorando la dríade que había dejado de buscar. Hice lo que pude por volver a aquel bosque, y descubrí con horror que se había decidido su tala con fines comerciales. Quedarían arrasados por los dientes de metal tantos árboles sabios y amables, y sobre todo el árbol más poderoso que había conocido, y cuya hija me había enamorado teniendo aún ocho años. Como última despedida, y ante la falta de soluciones, ese invierno me planté como adulto en el claro del árbol viejo, y ante él me arrodillé, suplicando perdón por abandonar la búsqueda.
Volvió el niño que todos llevamos dentro a nacer en mí, y agarré la cintura estrecha del árbol con mis brazos, buscando el consuelo de su sabiduría. Imploré a su rostro de corteza por su historia, y regué su base con mis lágrimas saladas.
Toda la noche la pasé a la intemperie, en una duermevela continua, sin soltar la corteza del árbol. Cuando el día me despertó, con su frío aliento, tenía todo el cuerpo molido y dolorido, y la cabeza llena de chillidos ardientes y dolorosos. No podía recordar, en aquel instante, dónde me encontraba, hasta que noté las arrugas del árbol arañando mis manos y mi mejilla, y los recuerdos cayeron de golpe en mi cabeza. Una sombra como de pájaro se agitó fuera de mi campo de visión, y ante la extrañeza de que otro ser vivo se atreviese a poner sus ojos en aquel árbol, alcé la vista con curiosidad.
No era pájaro alguno el que se posaba en sus ramas, sino una hoja de papel amarillento que aleteaba prendida a las zarpas negras del árbol. Sabía que era importante, aún sin conocer su contenido, así que me levanté como pude, y la aferré con un crujido de mis dedos quejicosos. Cuando la tuve en mis manos pude ver que estaba escrita: una caligrafía hermosa y antigua adornaba con sus párrafos toda una carilla. Sólo puedo transcribir lo que decía, pues no son palabras mías las que deben contar su historia.
“Hace demasiado tiempo este claro era verde y hermoso, y aquí conocí yo el amor. Tuvo a bien concederme cinco años de sus labios sobre los míos, de sus manos entre mis dedos, de su cuerpo tentando mis ojos y su voz mis oídos. Vivía yo de rentas antiguas, que eran exiguas pero suficientes, y mientras tanto me dedicaba al arte de la escritura, pasión por la que vivía y que ninguno de los míos apreciaba. Excepto ella. Ella, que fue musa y lectora para mis cuentos y poemas. Tras esos cinco años que me dio, la enfermedad me la arrebató entre toses escarlata, y me dejó solo con mis poemas y mis cuentos, sin nadie que los leyera ni pudiera inspirarlos. Decidí entonces morir yo solo, en aquel claro que tantas alegrías conoció, y allí descansé día y noche, sin comida ni agua, hasta que mi cuerpo lleno de pena y ansia quedó reseco y oscuro bajo el inclemente tiempo. Y de ese cuerpo resecado por la falta de amor y la pena, nació un árbol igual de reseco, que arrancó con sus raíces toda vida a su alrededor y le robó el color al cielo que lo cubría. Hace muchos años, un niño de mirada limpia, que también sabía de cuentos y poemas como yo, me dio una historia nueva para mi existencia, y desperté de nuevo en este cuerpo leñoso. Ya que a ti debo esta segunda vida que tengo, a ti te he de entregar lo único que es de verdad mío: si por casualidad sobrevivo hasta llegar a la primavera, te prometo que de cada rama mía colgará un nuevo cuento, y en esos cuentos encontrarás al niño que fuiste una vez, y quizás te conduzcan hasta la dríade que amaste con tan sólo ocho años.”
Desgraciadamente no queda romanticismo en estos tiempos, y aquel enero el bosque entero fue derribado, incluido el árbol que antaño fue poeta. Quizás quien me lea ahora piense que así se perdió toda oportunidad de hallar a mi dríade, pero se equivoca. Sólo fue imposible encontrarla durante los años que dejé de buscarla, pero las palabras de aquel viejo poeta me acompañan ahora, y me recuerdan que quien no busca, no podrá nunca encontrar.
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Vlad_Temper
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martes, septiembre 30, 2008
1 lágrimas secas
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viernes, septiembre 12, 2008
La botella de ron
Déjela aquí, camarero, deje la botella
No la retire, que es una compañía grata
En su etiqueta me sonríe una mujer bella
Y con su sabor dulzón mi lengua se desata.
Este ron de ámbar trae malos recuerdos, no obstante
De unas noches que me sabían también a ron
Caramelo tostado que eran brazos amantes
Sedientos labios que me arrancaron la razón.
De su lengua yo sólo supe entender su nombre
En idioma universal nuestros ojos se hablaron
Sus manos me enseñaron el placer de ser hombre.
Aquellas noches hace mucho que se terminaron
Me robó mi dinero, mas que nadie se asombre
Si aún extraño aquellos labios que me amaron.
-Agradecimientos a Crysagon, por elegir el título.
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Vlad_Temper
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viernes, septiembre 12, 2008
1 lágrimas secas
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viernes, septiembre 05, 2008
Así Sea
Derretir los siglos que se interponen entre nosotros
Desterrar para siempre la tristeza de tus sonrisas
Y la nostalgia de tus abrazos
Dar nuevos frutos al árbol seco y muerto
Enterrar el pasado con nuevas esperanzas
Alegrías que ardan sobre las cenizas de una llama
Que tantas lágrimas habían apagado entonces
Mudar la rarefacción de los rostros
Y de los hombros incómodos
Por el peso que deben soportar
De años perdidos en tinieblas frías
Abrir de nuevo los ojos, sin velo alguno
Despegar las membranas traslúcidas
Que deforman el mundo y lo vuelven estéril
Preñar el futuro con ilusiones doradas
Gritar a la Tormenta que se enfrente a nosotros
Domar la Mar furiosa con nuestras manos unidas
Alzarnos sobre el Viento vestido de otoño
Y sentir las lágrimas del cielo bañar nuestros rostros
Dar con las llaves perdidas
Que abran tu corazón al mío y viceversa
Fundirnos en una amalgama de aromas
Saciar la sed de nuestros resecos labios
Al fin descansar, siendo uno
En tierras de ensueño y Metáfora
Que son patrimonio tuyo y mío
Y soñar de nuevo, juntos, para no despertar.
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Vlad_Temper
en la noche del
viernes, septiembre 05, 2008
2
lágrimas secas
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miércoles, agosto 13, 2008
Ossetia del Sur
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Vlad_Temper
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miércoles, agosto 13, 2008
3
lágrimas secas
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jueves, julio 12, 2007
Ya No Puedo Caer - Poema
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Vlad_Temper
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jueves, julio 12, 2007
4
lágrimas secas
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Me Estremezco - Poema
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Vlad_Temper
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jueves, julio 12, 2007
1 lágrimas secas
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sábado, junio 30, 2007
Se acerca...
Pronto, muy pronto, ya sus alas negras baten en el cielo nublado. El señor de estas tierras vuelve, tras el largo tiempo que estuvo perdido.
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Vlad_Temper
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sábado, junio 30, 2007
1 lágrimas secas
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domingo, agosto 07, 2005
Soledad
Se encontraba ya curado de sus heridas el Sol Gris. Las mil flechas que recibía antes de poder desenvainar si quiera su lápiz lo habían dejado postrado y dolorido. Pero con una sonrisa, como Guerrero de Batallas Perdidas que es, se levantó, y se dirigió, sabiéndose perdedor, de nuevo a Bokerovania.
Allí pasó el Tiempo como un fugitivo, sin alterar apenas nada de la ciudad, porque lo que está muerto apenas varía. Cuando un día el Sol Gris recibió una visita. Era la Tristeza, que con una melancólica sonrisa en sus labios, retornaba a él, como siempre hacía. Acarició las cicatrices del Sol Gris, haciendo que volvieran a doler, pero trayendo un paradójico alivio. Y acabaron en el lecho, ella llenando de besos helados el pecho de él, hasta que el alba comenzó, tiñendo de oro las eternas nubes sobre Bokerovania.
Se levantó el Sol Gris, y se dirigió al exterior, justo al lado de la esfera rota del reloj, para contemplar el amanecer. Cuando vio en los límites de su helada muralla una figura. La Curiosidad, desde su escondrijo tras los ojos, hizo al Sol Gris dirigirse al interior, al enorme telescopio dorado que, oculto tras el cristal del reloj, le permitía observar su reino. Y allí en la frontera enfocó el telescopio, para ver una figura femenina.
Una simple manta marrón la rodeaba por completo, dejando sólo a la vista un rostro curtido y oscurecido por los días vagando en los desiertos. Bajo su capa, algo vibraba con la voz de los demonios de las arenas. El puro desamparo se reflejaba en aquellos ojos de noche estrellada. Era la Soledad.
No atravesó las puertas. El Sol Gris sabía que las murallas no podían detenerla, es más, facilitaban su presencia. Pero ignoró Bokerovania, dio media vuelta, y se alejó sin prisas de allí. No consintió la Soledad pisar Bokerovania, de tan solitaria que era aquella ciudad.
Y una vez más el Sol Gris se perdió en los brazos de la Tristeza.
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Vlad_Temper
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domingo, agosto 07, 2005
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lunes, junio 27, 2005
Mil...
Mil flechas cayeron sobre su pecho, atravesando su armadura, antes de que pudiera empuñar su lápiz.
El guerrero seguirá luchando, porque no sabe hacer otra cosa.
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Vlad_Temper
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lunes, junio 27, 2005
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viernes, junio 24, 2005
Quiero...
-Quiero dibujarla.
"Quiero contemplarla durante horas sin máscara alguna, dejar que mis ojos se sinceren al fin y en ellos se pueda ver que ella es lo único que existe ya para mí.
"Quiero memorizar cada rasgo, cada gesto y cada pequeña sombra de su cara, hasta que con los ojos cerrados pueda reproducirla de manera perfecta, hasta que parezca que su alma se ha copiado en mi cerebro.
"Quiero acariciarla con la vista al menos, con toda la insolencia y el atrevimiento que le faltan a mis manos.
"Quiero recorrer con mi dedo de grafito su carne de papel, arañando aquí, acariciando allá, hasta que no quede un milímetro de piel de celulosa sin mi huella grabada.
"Quiero terminar, mirar el dibujo, y saber que lo que allí se representa es ella, es su alma encarcelada, y que ha sido obra mía.
"Quiero dibujarla porque así la tendré, al menos de algún modo."
Y el Guerrero de las Batallas Perdidas desenvainó un lápiz.
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Vlad_Temper
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viernes, junio 24, 2005
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martes, junio 14, 2005
El Guerrero de las Batallas Perdidas
El Guerrero de las Batallas Perdidas se levanta de la cama de su amante, la Tristeza. Ella lo mira, a la vez rencorosa por saber dónde se dirige, tranquila por saber cómo terminará la batalla y comprensiva por lo que el Guerrero siente. Él la mira por última vez, última lágrima fantasmal que no aparece en su rostro pero sí en su alma.
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Vlad_Temper
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martes, junio 14, 2005
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miércoles, junio 08, 2005
Últimas noticias desde Bokerovania
El Mercader vagó por las calles de Bokerovania, siguiendo la voz del viento, y buscando al Sol Gris.
Cuando finalmente lo encontró, estaba en un pequeño apartamento, tan alejado de todo y de todos como podía estarlo. Excepto por la Tristeza, que allí estaba de nuevo, amándolo hasta que sus lágrimas se mezclaban en un sólo río.
El Mercader se dirigió al Alquimista Negro y le ofreció, una vez más, como hizo antaño, su oscuro trato: "Pide lo que quieras Señor Oscuro, aquel que como Cuentacuentos escuchó mi historia del Viento y me dio forma en su ciudad. Te será concedido, y a cambio sólo tendrás que darme tu dolor, tu pena, tu sufrimiento. Todo aquello que ya no deseas. Véndeme una vez más tus sentimientos, como hiciste entonces."
Pero el Sol Gris le contestó: "Estos sentimientos no son sólo míos, lo sabes. No puedo vendértelos. Y aunque pudiera, no lo haría. Déjame sentir el dolor, déjame amar a la Tristeza, permite que sienta que sigo vivo aunque sea a través de los puñales que se clavan en mi alma.
El Mercader insistió: "Olvido, eso traigo para ti. Olvido puro, deshidratado, listo para tomar. Olvida que tu propia estupidez te hizo ganarte el desprecio de quien ahora anhelas. Olvida que el dolor que sientes es consecuencia de aquello que tú mismo forjaste en otra persona. ¡Derrite el hielo que rodea Bokerovania y vuelve a vivir más allá de tu ciudad helada y de tu querida Tristeza!"
Y el Alquimista Negro le respondió: "No tengo el poder de derretir el glaciar, ni deseo hacerlo. Prefiero estar aquí, con mi querida Tristeza en mi ciudad helada a permitir que otra llama se acerque lo suficiente como para dejar una nueva cicatriz en mi corazón. Y ahora vete, desaparece, y déjame amar a la Tristeza."
El Mercader se marchó, y se fundió con las tinieblas. Y el Sol Gris, el Señor Oscuro, el Alquimista Negro, permaneció en brazos de la Tristeza a la espera de que su alma cicatrizara y de nuevo el sol saliera en sus dominios.
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Vlad_Temper
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miércoles, junio 08, 2005
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jueves, junio 02, 2005
Sucedió un día
Aquel día, el Sol Gris, el Alquimista Negro, el señor de Bokerovania vió más allá de los confines de su ciudad una luz brillante y hermosa. Atraído por ella desplegó sus alas de oscuridad viscosa y cambiante, y desde la Torre del Reloj alzó el vuelo ocultando al Luna.
Pero cada cosa tiene un sitio, y el Juez de Todas Las Cosas no podía permitir que el Sol Gris saliera de Bokerovania. Así que del cielo cayó un rayo que atravesó el corazón lleno de cicatrices del Sol Gris, disolviendo sus alas, y haciéndole caer. Un reguero de fantasmas de lágrimas y gritos muertos y mudos acompañó al Señor Oscuro en su caída, perdiéndose en una zona de tinieblas cercana a la Avenida Carmesí. Sobre Bokerovania, las nubes volvieron como antiguamente habían cubierto la Ciudad.
Bokerovania se ha quedado sin señor. Nadie sabe su paradero. Algunos piensan que murió, y que el fin de Bokerovania está próximo. Otros creen que la Tristeza lo recogió y ahora ambos están escondidos, amándose noche y día.
Lo único cierto es que una figura del pasado, algo que trajo el viento a oídos del Cuentacuentos y cobró forma física para atormentar al Alquimista Negro, ha atravesado las murallas de Bokerovania antes de que estas se volvieran a alzar tomando forma de glaciar. Ahora nada puede salir de Bokerovania, y nada entrar. Y quien está dentro es el Mercader.
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Vlad_Temper
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jueves, junio 02, 2005
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lunes, mayo 30, 2005
Ya lo descubrí
No encuentro a quien busco porque quien busco no existe y si existiera no me prestaría atención.
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Vlad_Temper
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lunes, mayo 30, 2005
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jueves, mayo 26, 2005
Esto es Bokerovania
Cruza la muralla derruida, y atraviesa las empedradas calles de Bokerovania. Será Invierno, porque aquí siempre es Invierno, y el vaho saldrá de tu boca para unirse a las volutas de humo azulado que emergen de las alcantarillas como exhalaciones de los demonios del frío. Recorre las avenidas iluminadas por la débil luz de las retorcidas lámparas de hierro colado con cabellos de gas y llamas, observando las sombras de ojos brillantes que se mueven fugaces y peligrosas a tu alrededor.
No te acerques a los callejones oscuros, pues quizás encuentres alguna pesadilla, una depravación, una degeneración de la mente humana o el enorme, seboso y repugnante insecto que es el Miedo. Aunque quizás quieras encontrarlos, y te adentres por la Avenida Carmesí, donde más afilados son los filos que reflejan la Luna. Locales de crueldad y dolor, perversión del placer. Ríos de excrementos y sangre fluyendo lentos y espesos hacia las bocas de alcantarilla que de semejante néctar se alimentan.
O a lo mejor tienes suerte, y encuentras un remanso de calor en aquella ciudad bajo la tiranía del hielo interior. Estarás en la Avenida Ambarina, donde se venden sonrisas cazadas y aromas robados de contrabando; donde el incienso se quema con paciente belleza tras cristales multicolores; allí donde vive el Cuentacuentos con su capa de plumas, el mercenario del lápiz siempre tras la inspiración, el buscador de miradas que aún no ha encontrado ninguna. Allí donde se aloja todo aquello que brilla en sepia, el sabor añejo de las fotografías pasadas, los instrumentos de navegación que fueron dorados y aquello que la gente desprecia por ser pequeño e insignificante.
No te alarme encontrar piedras talladas con formas inquietantes, o manchas de sacrificios. Antaño la Ciudad se alzaba donde ahora está Bokerovania, y su terrible recuerdo permanece escondido tan sólo bajo la arena de la playa.
Pero lo más probable es que te pierdas en el laberinto de Calles Grises, cada una igual que la anterior, cubiertas todas de escarcha y bajo una telaraña de niebla. A tu alrededor podrás ver bares donde músicos fracasados cantan a un amor cínico que en realidad a nadie le importa, bajo el humo del tabaco y entre miradas furtivas.
Lo que no encontrarás jamás es la presencia de ningún ser humano, ¿o acaso pensabas que podían ser personas lo que te espiaban desde un refugio de tinieblas, en lugar de sombras; o creías en serio que el Cuentacuentos y el Cazador de Sonrisas pueden vivir fuera de la imaginación? No, nadie encontrarás en Bokerovania, pues es la ciudad vacía, tan solitaria que ni la misma Soledad se digna en pisarla.
Al final llegarás a la Torre del Reloj, centro de la ciudad, donde habita su morador: el Sol Gris, el Siervo de la Oscuridad, el Amante de la Tristeza, el Alquimista Negro. Cuentan las leyendas que en su interior hay un rubí que brilla como el sol. Pero cuando te acerques a la Torre, descubrirás que no podrás entrar. Las puertas de la Torre están congeladas, y tan espeso y afilado es el muro de hielo que las rodea que ni la más ardiente hoguera permanecerá encendida en su presencia.
Y si alzas la vista, puede que, entre las gárgolas grotescas y las púas de acero de la Torre, al lado del reloj de esfera quebrada, recortado contra la luz de la Luna, lo veas a él. Pero el Alquimista Negro no te verá, porque seguirá oteando el horizonte, esperando a aquella que podrá derretir al fin las puertas de la Torre, su Piedra Filosofal.
Hasta que llegue ese momento, bienvenido o bienvenida, seas lo que seas, a esta escarchada villa de tinieblas.
Escribió estas palabras
Vlad_Temper
en la noche del
jueves, mayo 26, 2005
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